Nishida y Oe, una medalla no vale una amistad

Sueo Oe Shuhei Nishida

Dos saltadores de pértiga en los JJ.OO. de Berlín’36 se negaron a determinar quién debía ganar la plata o el bronce

Cada cita olímpica entraña una multitud de anécdotas y vivencias de atletas y disciplinas deportivas que engrosan el valor de la competición. Sin ellas, las marcas y los récords serían simples números.

En los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, tan denostados por ser el apogeo de la exaltación que el régimen nazi de Hitler quiso dar a su concepto de la raza, aparecieron algunos aspectos que virtualizan su recuerdo. Jesse Owens es, sin duda, el atleta estrella. A nivel deportivo y social. Sus cuatro medallas de oro en las pruebas de 100 m., 200 m., salto de longitud y relevos 4×100 m., se ganaron delante de un estado que consideraba los negros como inferiores.

Pero también quedará en el recuerdo la firme decisión de dos pertiguistas japoneses que antepusieron su amistad a los metales: ninguno de los dos se consideraba mejor que el otro. La sana rivalidad entre compañeros para la mejora de una marca tan aceptada en occidente se tornó en casi insultante para Nishida y Oe. Desde entonces se conoce como ‘La medalla de la amistad’.

Podio de los atletas saltadores de pértiga en los JJ.OO. de Berlín de 1936 con Earle Meadows ocupando el cajón más alto y Nishida y Oe en el segundo y tercer lugar

¿Por qué son unos ‘Outsiders’?

En la cultura oriental, la amistad es un valor que puede llevar a realizar actos difíciles de entender a ojos occidentales. Dar la vida por un compañero en el campo de batalla siempre se ha considerado un acto heroico y el fallecido siempre ha recibido los honores póstumos y su recuerdo en ceremonias.

Los esfuerzos por alcanzar participar en una cita olímpica conlleva horas y horas de entrenamientos, dolores, lesiones, frustraciones y alegrías a partes iguales de quien lucha por un puesto en el equipo. Es deporte y es sano. Pero también crea unos lazos que, en muchos casos, llevan a alegrarse por el compañero que ha conseguido su objetivo.

Para Shuhei Nishida y Sueo Oe, el lazo que les unió fue más fuerte que el reconocimiento global en unos Juegos. Y rompieron los esquemas de atletas, organizadores y público al considerar que los dos no podían competir entre ellos para saber cuál era mejor. Su lazo de amistad se lo impedía.

Shuhei Nishida, Sueo Oe y Kiyoshi Adachi cortando una de las pértigas previo a la competición de salto en los JJ.OO. de Berlín de 1936.
Foto: Asahi Shinbun

Tecnología y deporte

Shuhei Nishida nació el 21 de mayo de 1910 en Nachikatsuura, Japón. Estudiante de Ingeniería, debutó en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1932 en salto con pértiga, donde logró la plata. Después, empezó a trabajar en la empresa de tecnología Hitachi, y volvió a acudir a los Juegos, esta vez a los de Berlín en 1936.

Nishida y Oe (Nachikatsuura, 2 de agosto de 1914) se hicieron amigos en 1932, tras volver con la plata de Los Angeles, en los entrenamientos en Tokio. Además, congeniaron por su afición por la tecnología. Nishida había prometido a Oe ayudarle mientras éste estudiaba en la Universidad de Keio. El salto con pértiga hizo el resto.

Unos Juegos televisados

En una primera instancia, los Estados Unidos amenazaron con boicotear los Juegos de Berlín pero ante las presiones de atletas y otros estamentos deportivos, se echaron atrás y acabaron participando. Quien que no acudió fue la España de la II República, claramente enfrentada al fascismo, organizando una Olimpiada Popular en Barcelona que se suspendió el día antes de la inauguración por el estallido de la Guerra Civil.

En el aspecto organizativo, los de Berlín fueron los primeros Juegos televisados y sus transmisiones de radio llegaron a 41 países. El Comité Olímpico Alemán encargó a la cineasta Leni Riefenstahl que filmara los Juegos y su película, titulada Olympia, fue pionera en muchas de las técnicas ahora comunes en la filmación de deportes.

Para superar a los Juegos de Los Angeles de 1932, el gobierno alemán hizo construir un nuevo estadio de atletismo con 100.000 asientos, así como seis gimnasios y otras arenas más pequeñas. 

Estos avances organizativos no taparon la persecución del régimen nazi hacia todo aquello que no fuera blanco y ario: no debían participar ni negros ni judíos pero la presión con la posibilidad de boicot y que los Juegos quedaran dilucidos en una competición solo europea hizo repensar a Hitler. Aún así, las autoridades alemanas deportivas excluyeron a atletas judías de su delegación como Lili Henoch, la mejor lanzadora de peso y de disco, cuatro veces plusmarquista mundial y 10 veces campeona nacional alemana o la saltadora de altura Gretel Bergmann que había conseguido buenos registros y optaba a medalla.

El régimen nazi también se ensañó con Lutz Long al entender que había ayudado a Jesse Owens en el salto de longitud explicándole una técnica mejorada que le ayudó a colgarse el oro. Long fue destinado, después de los Juegos, en primera línea de frente en la invasión aliada de Sicilia, donde falleció siete años después. El 9 de agosto, Owens, se adjudicó otro oro en el relevo 4 x 100, ya que tanto él como Ralph Metcalfe participaron en sustitución de Marty Glickman y Sam Stoller, ambos judíos.

Estadio Olímpico de Berlín, construido expresamente para los Juegos y que podía albergar a 100.000 personas

Momento decisivo: el salto

Durante el evento, 25.000 espectadores vieron cómo los últimos cinco competidores en el salto con pértiga se esforzaban hasta el límite para conseguir una medalla. Todos habían podido rebasar la marca de 4.15 metros de altura y era el momento de ir por el oro.

El listón se situó en los 4.35 metros. El estadounidense Bill Graber fue el primer eliminado mientras que su compatriota Earle Meadows los superó asegurándose el primer puesto.

Así, llegó el momento en que Bill Sefton, Sueo Oe y Shuhei Nishida debían competir por la plata y el bronce. Sefton no logró pasar el listón durante el salto, mientras los competidores japoneses sí. Había que desempatar entre los dos amigos.

Earle Meadows y Shuhei Nishida

Pero entonces saltó la sorpresa. Ninguno de los dos atletas japoneses estaba dispuesto a competir por la plata relegando a su compañero al bronce.

En 1936, los oficiales olímpicos, todos occidentales, no se creyeron del todo el noble gesto e instaron al comité japonés que decidiera quién se llevaba la plata y quién el bronce. La decisión fue otorgar a Nishida la plata ya que era mayor en edad y había alcanzado los 4.25 metros en un solo intento; mientras que a Oe le había tomado dos (regla que luego se implantaría incluso para otras disciplinas).

Si la historia terminara ahí, sería lo suficientemente emotiva, pero lo mejor pasó cuando los compañeros regresaron a Japón.

Medalla partida de plata y bronce que simboliza la amistad de Oe y Nishida

Descontentos con la decisión

La decisión de su comité les cogió por sorpresa y lo primero que hicieron, al llegar a Japón fue acudir a un joyero. Cada uno le dio la medalla para que la partiese por la mitad y las volviera a fundir. Ambos tendrían la de plata y la de bronce en una sola.

Al año siguiente, Oe batió el récord de Japón en salto de pértiga, que estuvo vigente 21 años. En 1939, se enroló en el Ejército Imperial con motivo de la II Guerra MundialSueo Oe murió en la batalla de Wake, el 24 de diciembre de 1941. Tenía 27 años.

Nishida, por su parte, siguió compitiendo, llegando a ganar a los 41 años (en 1951) un bronce en los Juegos Asiáticos. Fue árbitro internacional, vicepresidente de la Federación Japonesa de Atletismo y miembro del Comité Olímpico nipón. El 13 de abril de 1997, con 86 años, Shuhei Nishida falleció en Tokio, víctima de un ataque al corazón.

Mateo Garralda y Enric Masip muestran la medalla separando el anverso y reverso.
Foto: Revista Barça (2008)

El ejemplo Masip-Garralda

Enlazada con la historia de Nishida y Oe, apareció años después otra noble gesta olímpica. Enric Masip, integrante de la selección española de balonmano no pudo participar en los Juegos Olímpicos de Atlanta de 1996 por una lesión que le dejó fuera del equipo.

Su compañero y amigo Mateo Garralda, con quien compartía entrenamientos, habitación en las concentraciones y la ilusión por participar en unos JJ.OO., le prometió que si ganaban una medalla la compartiría con él ya que había sido una pieza muy importante para conseguir el billete olímpico.

Los partidos se sucedieron y las victorias llevaron a la selección española a disputar el tercer puesto ante Francia. La victoria frente a los franceses (27-25) hizo que la medalla de bronce viajase a España.

Veinte días después de colgarse la medalla, Mateo Garralda, integrante de la plantilla del FC Barcelona se encontró a Enric Masip en el vestuario del club y le dio un paquete. Al abrirlo apareció enmarcada la medalla de bronce de los Juegos. Lo primero que pensó Masip fue que era una reproducción a lo que Garralda le contó que era la verdadera cortada al bies.

Mateo se había quedado en anverso y para Enric era el reverso. Las risas y abrazos se sucedieron en el vestuario con la explicación que dio Garralda de como había sido de complicado para un orfebre de Barcelona conseguir cortarla sin dañarla.

Cuatro años después, en la cita olímpica de Sídney 2000, ambos subieron al podio para recibir cada uno la medalla de bronce conseguida en su victoria frente Serbia y Montenegro (22-26).

El valor de una medalla es muy grande y refleja el esfuerzo de una vida deportiva pero el valor de una amistad es para toda una vida.

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